El encuentro del terror

“Tú no deberías estar nerviosa. El nervioso debería ser yo”, dijo al teléfono.

“No estoy nerviosa”, mentí. Lo estaba y mucho. Cómo no iba a estarlo; era su primera vez y, si todo salía mal, también sería la última.

 

El jueves, fue la presentación oficial de mi mami con “mi chico”, “saliente”, “novio”, “enamorado” o como quieran llamarlo. Todos se preguntarían cuál es el problema en esto y yo respondo: TODO. En primer lugar, él es 18 años mayor que yo, cosa a lo que mis padres (y creo que cualquier padre) se oponen. Por otro lado, mis papás digamos que son “especiales” y no les gusta su apariencia. Ok, con especiales quiero decir que son clasistas (ojo, no racistas porque no tiene que ver con la raza; sino, con dónde vive, cómo viste, qué sitios frecuenta y cuánto gana).

 

La verdad de la milanesa es que él (mi chico de la sonrisa de mueca) no es un Ken para hacer pareja con la Barbie, ni un muñequito de torta, ni mucho menos un modelo de pasarela. Tampoco es Oropeza, ni ha sido sobornado por Odebretch; con lo cual, tiene dinero pero no MILLONES. Pero eso, finalmente, no era lo que yo (y él aunque lo niegue) quería que mi madre supiera. Yo quería que vea más allá de la ropa, el perfume que usó o la propina que dejó en el restaurante. Yo quería que vea que no es uno de esos que van con una y con otra, engañándolas a todas, jurándoles “amor eterno” mientras que comparten cama con medio Lima y balnearios,. Quería que tengan la certeza de que no es un pandillero, ni un borracho. Quería que confíen que estaría segura con él y que no era un pegalón ni lisuriento; de esos que tienen cara de “buenitos” pero son tremendos mantenidos y que a la primera “pasada de tragos” golpean a sus parejas.

 

Nos citamos los tres (él, yo y mi mami) en la pastelería San Antonio de chacarilla. Yo llegué primero y estaba comiéndome las uñas porque tanto mi madre, como yo, somos “enfermas” de la puntualidad. Él se retrasó 5 minutos. Llegó y lo primero que hace fue sonreir (no a boca abierta; sino, como mueca) y estirarle la mano.

  • Buenas noches, señora
  • Hola
  •  Qué le das la mano, oye. Ni que fuera hombre (añadí), salúdala con beso.

Así, se soltaron un par de risas y una introducción graciosa gracias a mí. Conversamos acerca de diversos temas: su familia, la nuestra, la misa de mi mami (su tema favorito), política, entre otros.

 

Ella lo miraba, tratando de ser amable y él sudaba (siempre suda) y se limpiaba usando una servilleta e intentando pasar desapercibido. FAIL, todo San Antonio vio las gotas chorrear por su frente. Yo le deslizaba servilletas de manera estratégica y él, gracias a Dios, entendía el mensaje. En cierto momento, sentí la necesidad de ir al baño pero temía por dejarlos solos. ¿Y si se llevaban mal? ¿y si mi mami o él hacían un comentario desatinado? ¿y si él decía que era ateo e iniciaba un debate religioso?. Decidí aguantar 10, 20, 30 min, hasta que no pude más y fui. Al volver (obvio, traté de demorarme lo menos posible (nunca había subido las escaleras tan rápido) los encontré conversando con sonrisas en sus rostros y respiré aliviada. Al poco rato, pidió y pagó la cuenta.

 

Salimos, él abrió las puertas del auto (no fingía; él siempre es así de caballero) y se despidió a través del vidrio. Yo pensaba “sólo quiero saber la percepción de ambos”. Giré el cuello hacia mi madre y dije “¿Y qué te pareció?”, a lo que ella respondió “Mmm… digamos que habla bien, es una persona de edad, es serio, pero suda demasiado y no me miraba a los ojos. Yo le mantuve la mirada pero él me desviaba”. Bueno, en realidad, el no suele hacerlo y, adicional a ello, estaba nervioso. Me preguntó, después, cuál era la intención de él conmigo y le comenté que ni él ni yo estábamos para jueguitos y que esto pintaba bastante serio.

 

En resumen, si tuviese que puntuar la reunión de ayer del 1-10 le pondría un 7 y creo que fue un buen inicio. La historia con mi padre… Dios me ampare. Deséenme suerte.